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Una vez pinté mi casa
de diversos colores.
Imaginé el cielo de verde y el agua de rojo
y mi cuerpo rodando por litros de colores,
unos más claros y otros casi oscuros.
Aquella vez que pinté mi hogar
fue una laguna en mi mente.
Es mi sueño de ver dedos sin piel,
manos sin huesos
y mis sesos, que cada noche respiran su último aire
me imploraban no seguir en esa tarea,
no continuar,
pero ellos y su Dios cerebro
me reventaron la conciencia
y no me dejaron en paz.
Desde que aprendí a no creer,
mis otros organismos se hicieron más creyentes.
El pulmón y sus amigos riñones
con su Dios corazón,
y los sesos y el cerebelo
con su Dios eléctrico cerebro,
me obligan hacer cosas impensadas
como pintar mi hogar de colores alegres.
Arturo Ciudad
Chile











